CÓMIC PARA TODOS

‘Deathstroke contra Batman’, de Christopher Priest, Marv Wolfman, Carlo Pagulayan y Steve Erwin

Editorial: ECC.

Guión: Christopher Priest, Marv Wolfman.

Dibujo: Carlo Pagulayan, Steve Erwin.

Páginas: 240.

Precio: 23 euros.

Presentación: Cartoné.

Publicación: Abril 2019.

Leyendo Deathsroke contra Batman se llega a una primera conclusión muy obvia, y es que la narrativa del cómic de superhéroes, más aún la de antihéroes como es el primero de los personajes que se coloca en el título, ha cambiado mucho en los últimos tiempos. El volumen contiene dos relatos muy diferentes entre sí. Abre el fuego el más contemporáneo, escrito por Christopher Priest y dibujado en su mayor parte por Carlo Pagulayan. Y sigue en la segunda mitad del libro el primer encuentro entre Deathsroke y Batman, Ciudad de asesinos, con guion de Marv Wolfman y lápices de Steve Erwin. Uno, el primero, habla de cómo funcionan ahora este tipo de historias, con intrincadas tramas múltiples que tienen que confluir en un único lugar, con referencias a la continuidad y con muchas truculencias que tienen que dar un halo de realismo al relato. Otro, en cambio, es más lineal, tiene sus secretos que por supuesto se desvelan al final del camino, pero es mucho más fácil entender a los personajes y lo que sucede a su alrededor. Y eso que ya habíamos entrado en los 90 cuando se publicó pero aún no se había llegado a la barrera que marca en Batman La caída del Caballero Oscuro (aquí, reseña de su primer volumen). Lo curioso es que, a simple vista, y sobre todo para quien no sea un claro seguidor de Deathsroke, es más disfrutable la segunda.

Pero vayamos por orden. La excusa del volumen está en cruzar por primera vez a Batman y Deathsroke desde que DC dio el salto a Renacimiento. Y la trama parte de algo tan insospechado para estos dos personajes como la paternidad. Priest ofrece un intento de dar una nueva vuelta de tuerca a Robin, para un Damian Wayne al que le han provocado ya tantos conflictos de identidad que casi parece que en algún momento se optará por un cambio radical inverosímil en su historia sin que asombre a nadie. A Priest se le escapa un tanto el ritmo de la historia, los cambios de escenario, los saltos en el tiempo, y al final no queda del todo claro lo que nos quería contar y la importancia de Robin en todo este tinglado. Lo que de verdad funciona, y lo que además da a Pagulayan los mejores momentos para el lucimiento, pasa por el enfrentamiento físico continuo que hay entre los dos protagonistas, aunque haya que recurrir para eso a rocambolescas excusas para verles disfrazados dentro de la Batcueva. Eso, lo aparentemente sencillo, es lo que proporciona la mayor diversión, y eso, al final, pone la historia en una suerte de limbo lector en el que queda la sensación de haber leído algo ambicioso pero cuyas pretensiones no han terminado de materializarse, por mucho espectáculo que hayamos podido presencia, que lo hay.

La idea, además, es la de igualar a los dos personajes, porque ahora los encuentros entre esta suerte de héroes y antihéroes, porque el villano como tal parece que hace tiempo está de capa caída, se obligan a ello. Antes no hacía falta, o por lo menos se hacía de una manera más sutil, que es la que aplica Wolfman en su aportación al libro. Todo en su historia es más claro y, por eso mismo, más compacto. Sabemos lo que está pasando, cuál es el objetivo de todos los actores y donde se encuentran los giros que tienen que sorprendernos en el último acto. Y el relato, además, sabe ser autoconclusivo, cosa que hoy en día resulta francamente difícil de ver. A ojos del lector contemporáneo, el dibujo de Erwin no tendrá que esas cotas de espectacularidad, pero para el lector más clásico será incluso más agradable a la vista. Desde luego es eficaz, como solía serlo el cómic en aquella época, incluso aunque ya nos encontráramos en los denostados años 90. El caso es que el libro es un salto muy curioso de época que, como poco, ofrece argumentos a los creyentes para defender con fuerza una u otra forma de narrar. Habrá quien defienda las dos, pero desde aquí nos quedamos con la propuesta de Wolfman, que parece más sólida que el experimento de Priest, aunque en el dibujo, con sus diferencias lógicas de estilo y tono, aceptemos un empate.

El volumen incluye los números 30 a 35 de Deathstroke y los 6 a 9 de Deathstorke the Terminator, publicados originalmente por DC Comics los primeros entre abril y septiembre de 2018, y los segundos entre noviembre de 1991 y febrero de 1992. El contenido extra lo forman una introducción de Fran San Rafael y las portadas originales de Lee Weeks, Jerome Opeña, Robson Rocha y Mike Zeck.

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