CÓMIC PARA TODOS

‘El héroe. Libro dos’, de David Rubín

elheroe2Editorial: Astiberri.

Guión: David Rubín.

Dibujo: David Rubín.

Páginas: 288.

Precio: 25 euros.

Presentación: Cartoné.

Publicación: Diciembre 2012.

Dada la estructura por episodios de El héroe, es difícil considerar a este segundo libro como una secuela y no como una continuación orgánica de lo que David Rubín había mostrado en el primero (aquí, su reseña). Por esa misma razón también es difícil no dedicar a este segundo volumen los mismos encendidos elogios que merecía la obra anterior. Aún a riesgo de caer en la repetición, El héroe. Libro dos es una formidable revisión del prototipo de personaje que anuncia en su título a través de la figura de Heracles y sus míticos doce trabajos. Revisión, además, en todos los sentidos. En sus anacronismos, en sus elementos mitológicos, en sus constantes guiños a otros elementos de la cultura popular, en su estructura. Todo parece nuevo bajo el prisma de Rubín y, sin embargo, apela a los mismos conceptos con los que todos hemos educado y cultivado nuestra mente con las historias de ficción. Y puede que haber pasado ya por el primer libro de El héroe haga que sus logros visuales no parezcan tan deslumbrantes, pero lo son. Conocer el estilo del autor no implica un grado menor de genialidad en todo lo que dibuja, en sus diseños de fantasía y en su espectacular composición de página. Resulta terriblemente complicado tener éxito en ese despiadado ejercicio de buscarle pegas a un tebeo que parece tan maravilloso. Será que lo es.

Y como muestra de ello no hay más que detenerse en el primero de los episodios que Rubín realiza en este segundo volumen, una formidable deconstrucción en sí misma de lo que significa El héroe en su conjunto, una definición extraordinaria de lo que supone alcanzar esa categoría heroica, desde su ascensión hasta su caída, desde su felicidad hasta su responsabilidad, sin diálogos durante algo más de la mitad de sus páginas, cuyo alcance tiene además un formidable reflejo ya en toda la obra y sobre todo en el cuarto episodio de este volumen, en el que Heracles afronta el desafío de los misterios eleusinos, su undécima prueba. A partir de ahí, Rubín sigue con el trabajo de analizar cada pequeño rincón de la personalidad del personaje, desde su alcance mediático hasta su sexualidad, pasando por su felicidad y llegando hasta su propia mortalidad, en un final cargado de épica y especialmente coherente con toda la historia y con sus propósitos, tanto como lo es el epílogo, en el que el propio Rubín se convierte en personaje para recordarnos que en la esencia de El héroe están presentes con la misma intensidad la forma en la que Jack Kirby nos hizo amar el cómic a todos los que vimos sus dibujos siendo niños y ese mismo amor por las viñetas que podemos seguir manifestando de adultos, como metáfora del mismo viaje que hace Heracles en las páginas de esta monumental obra.

El Rubín ilustrador sigue deslumbrando también en esta segunda parte de la obra como lo hizo en la primera, por mucho que se pueda pensar que el efecto sorpresa no tiene aquí el mismo efecto que en el libro anterior. Y es que sus diseños siguen siendo formidables e imaginativos (imposible no sentir admiración absoluta por la reinterpretación de los mitos que hace el autor, y como ejemplo basta ver su Cancerbero), su narrativa es fluida y sorprendente y el espléndido trabajo de color es el toque final para que absolutamente todo en el aspecto gráfico colabore en la impresión de que estamos ante un tebeo sensacional. Quien piense que dibujar un cómic no es más que juntar unos cuantos personajes en una viñeta en poses más o menos espectaculares, necesita echar un detenido vistazo al quinto capítulo de este volumen. Hay tantos recursos narrativos sólo en esas 56 páginas que resulta imposible resumirlos en unas pocas líneas, pero se entiende sin problemas la genialidad que desprende, reflejo excepcional de los méritos que Rubín acumula en los dos volúmenes de El héroe. El triunfo de Rubín es absoluto en esta maravillosa obra, deudora de los clásicos pero precursora en sí misma, una excepcional forma de entender el alcance que puede llegar a tener el cómic cuando se hace con tanta genialidad y pasión por el medio como manifiesta su autor. Si el término es válido para juzgar el arte, imprescindible.

El único contenido extra es un prefacio de Craig Thompson.

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Esta entrada fue publicada en 17 diciembre, 2015 por en Astiberri, Cómic, David Rubín y etiquetada con , , .

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